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Te desvaneces entre mis dedos, y yo trato de retenerte vanamente. Mis ojos se fijan con incredulidad en tu ente, el cual lentamente se va tornando incorpóreo.

—¡NO! —bramo de manera seca y cortante—. ¡¡NO!!

Las palabras salen de mi boca como si fueran una orden; de manera tajante y con seguridad. Interiormente estoy temblando, no obstante, mi mirada es firme; no exteriorizo ningún atisbo de duda por miedo a perder la fuerza de mi mandato.

—¡NO! —repito, esta vez tratando de sonar irritado al ver que no es cumplida mi demanda; al ver que tú sigues desapareciendo delante de mí. Ahora puedo ver a través de tu piel.

—Lo siento —me parece escuchar en un hilo de voz, tan fino, que me resulta imposible creer que haya sido capaz de llegar a mis oídos—. Me hubiera gustado estar más tiempo a tu lado.

Cualquier cosa menos llorar. Me muerdo la lengua con fuerza. En mi boca se halla el sabor salado y metálico que delata la sangre producida por aquel mordisco.

Él es mío; ¡Es mi historia! ¡Yo la compré!

—¡No! —vuelvo a decir. Mi voz se quiebra, perdiendo credibilidad. Contemplo mis manos trémulas y húmedas; manchadas de tinta—. ¡¡Nooooooooooooooooooooooooo!! —chillo hasta quedarme sin aire.

Te desvaneciste por completo, y ahora, únicamente sostengo un libro grueso y mojado, repleto de palabras ilegibles; malogradas por la lluvia.


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