Continuación [Sin revisar e_e]

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La manzana de Eva

-PARTE II-

Gabriel estaba sentado en un banco de un parque que se hallaba a las afueras de la ciudad. El mismo, se encontraba repleto de adolescentes tirados en el césped; algunos dándose el lote tras los arbustos, otros comiendo después del colocón de marihuana, otros durmiendo en toallas, otros vomitando tras el botellón por el cual apestaba a rancio aquel lugar…

El ángel sacudió su cabellera clara en un mohín atónito; ¿por qué? No abarcada a entender la razón por la cual la bondad humana se había degenerado de semejante modo. Allí tirados estaban ellos; los que en un futuro llevarían adelante la sociedad; retorciéndose agónicos y cansados como resultado de sus vicios. Animales; el escalafón de la humanidad había descendido, y Gabriel, no veía modo alguno de lograr hacerlo ascender.

—Duele, ¿verdad? —le susurró una voz grave en su oído. Aquellas palabras retumbaron en sus tímpanos—. Lo mires por donde no mires son un cáncer. Queréis creer que merecen la pena, pero sólo son unos simios que caminan erguidos. Y algunos ni eso.

Gabriel no fue capaz de contestar, en aquel instante no hallaba argumentos para rebatirle.

—¿Acaso piensas que merece la pena luchar por ellos; morir por ellos? —inquirió Konhat dando a relucir su rechazo—. Basura. No son nada más que eso; un residuo de la evolución. Destruyen todo lo que tocan; deberían de ser eliminados.

Irritado, Gabriel se puso de pie, dolido por sus palabras. A él le habían enseñado que toda criatura era merecedora de respeto por el mero hecho de estar viva y formar parte del mundo.

—¿Y tú te crees mejor que ellos? —le atajó en tono mordaz—. Tú, que te dedicas a jugar con la existencia de cada ser como si careciera de importancia. Eres igual que ellos.

Konhat, divertido por la respuesta, tomó a Gabriel por su espalda y lo abrazó por detrás. Una de sus manos se situó en la ingle del ángel, y la otra en su garganta, para poco después doblarle el cuello hacia la izquierda.

Gabriel, atónito por la reacción del demonio, notó como un sudor frío se apoderaba de su sien. La nariz de Konhat husmeó en la unión de su cuello y hombro. Cada inhalación ávida del Konhat en aquella zona, hacía que el cuerpo del ángel temblara con inestabilidad.

—Te quiero —habló en su oído. La mano que estaba en su entrepierna aumentó su agarre, antes de empezar a frotar—. Aquí y ahora.

Gabriel aspiró grandes bocanadas de aire. Asustado como estaba trataba de averiguar algún modo de escapar de allí. Sintió a los dientes del demonio hundirse como cuchillas en su cuello.

—Suel… ¡Suéltame! —logró articular. Pero Konhat no le hizo el menor caso; su boca seguía trabajando su garganta y su mano trataba de aflojarle el pantalón. Las extremidades de Gabriel estaban muertas; era incapaz de conseguir que alguna de ellas le obedeciera.

Desesperado, dejó que sus ojos se pasearan por el parque en busca de ayuda, pero los adolescentes estaban demasiado ocupados en su autodestrucción como para percatarse de lo que le ocurría. Una lágrima de impotencia impactó contra el frío y arenoso suelo.

—Por favor… —imploró casi sin voz.

Escuchó un grito agudo femenino, y seguidamente a alguien gruñir. Sus párpados le empezaron a pesar demasiado.


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