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La niña releyó cada una de sus historias con vehemencia, tratando de encontrarle la chispa y el entusiasmo con los que las garabateó. Al ver que era incapaz de lograrlo sollozó frustrada.

—¡Basura! —bramó—. ¡Sólo escribo basura!

Furiosa, tomó entre sus manos los folios en los cuales se hallaban impresas sus letras y los hizo añicos. Junto a aquellos fragmentos que se llevó el viento se disiparon todos los sueños e ilusiones que aquella niña tenía relacionados con el mundo de la escritura.

—¿Para qué intentarlo si no lo conseguiré? —habló consigo misma.

Aún con lágrimas en los ojos, se sentó en un banco alejado del parque en el que estaba. No era consciente de lo que acababa de hacer; al finalizar con sus aspiraciones de escritora famosa, acababa de condenar al mundo a no disfrutar de la belleza de sus escritos.


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Porque no hay nada que supere a la fantasía

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