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Dafne






           Corro con todas mis ganas. Me persigues y trato con ahínco de no desestabilizarme en mi huida. Trastabillo con una raíz seca. Un, dos, tres. Cojeo y retomo el equilibrio. Siento tu aliento en mi nuca, a pesar de que no estás lo suficientemente cerca. Se me pone el vello de punta y continúo corriendo. El bosque espeso, lleno de ramas que me arañan los brazos. No las noto a penas, pero la sangre gotea despacio; como si tuviera miedo a salir. Trastabillo de nuevo, y caigo. Atino a percibir dos raspones en mis rodillas, antes de incorporarme torpe y rápido. Un, dos, tres. Vuelvo a correr, pero me detienes. Tu mano derecha, que me toma del brazo lleno de cortes. La sangre que baila, el tono rojizo de la piel herida y el escozor que está ahí pero ignoro.

           —Dafne —murmuras sin aliento, como si fuera una súplica. Me retuerzo lejos de tu agarre, pero tienes más fuerzas. Mi mirada al cielo, rogando un milagro.

           —Suéltame, por favor… —Pero no me escuchas, Apolo, porque mi opinión nunca tuvo importancia; porque soy insignificante dentro de la ecuación. Pienso durante unos breves instantes en otras a las que les ocurrió lo mismo, y las compadezco. No como ellas; nunca como ellas. Mi mirada al cielo, todavía rogando un milagro.

           —Dafne —repites, arrodillado ante mí como quien se postra ante un dios. ¿Me idolatras, Apolo? Me cuestiono con sorna. Lo suficiente como para hacerme esclava de algo que nunca quise. Deseo ser libre, pero ese es un deseo demasiado grande para alguien como yo. Un milagro, necesito un milagro.

           Tus pupilas se dilatan con horror y yo, aprovechando la distracción, trato de aventarme fuera de ti. Mis pies están sellados, enraizados en tierra. Mi brazo ya no sangra, ni siente. Ahora es hermoso: marrón tierra húmeda, coronado por unas delicadas hojas de laurel. Una sonrisa se construye en mi boca, mientras se disuelve lo poco humano que queda de mí.

           —¡No te vayas, Dafne! —imploras histérico. Mi sonrisa se eleva todavía más; absuelta de compasión. La calma se edifica desde lo más profundo de mi pecho. El último pensamiento coherente que tengo es que, al fin, soy libre.





Verde


        Los edificios derruidos, las aceras hechas trizas. Grietas. Brechas. Respira lento; coge aire y solo olvida. Qué muera el hambre, el frío y el miedo. En cada amasijo de hierros y cemento emergen ramificaciones verdes y llenas de hojas. Verde que te quiero verde, piensas, y sientes aquello como un augurio. La naturaleza que desgarra y deconstruye.

        Abandonado estás tú, náufrago en tierra. Un aullido, y te ves muerto. Ojos verdes, afilados colmillos. A cuatro patas se acerca el lobo. Sus ojos que miran, sus colmillos que muerden. Un grito. Coge aire y solo olvida.






¿A qué estás esperando?



         La muchacha se quedó sentada a la sombra de un árbol de aquellos que utilizaban para decorar los parques y paliar el efecto de tanto cemento y hormigón armado. Sintió cómo el sol calentaba sus piernas, que sobresalían hacia fuera, y cómo en su espalda incidía la rugosidad de la corteza de la planta. Sonrió sintiéndose diminuta comparada con aquello que la rodeaba; insignificante. Apareció entre aquella neblina  de sofocante calor una imagen, una persona, un rostro. 

         —¿A qué estás esperando? —le preguntó aquel espectro, como haciendo alusión a que estaba embobada mirando a la nada. Como haciendo alusión que aquella era su rutina diaria. Como haciendo alusión a que era una ignava que dejaba transcurrir los días sin penas ni gloria. Como si, tal vez, careciera de algún tipo de ambición.

         Por su parte la muchacha sonrió y pensó que aquella brisa que empezaba a arrebolarle el cabello era más que agradable y que estaba acorde, además, con la humedad del ambiente. Se sentía bien en aquel lugar. Acto seguido se encogió de hombros mirando los ojos de su interlocutor, o lo que fuera aquello, y sonrió de nuevo.

         —Estoy esperando al tiempo, tratando de disfrutarlo en cada momento. Estoy esperando a los días, a las horas, al día y a la noche. A que este mundo sea un poco más justo y menos restrictivo. Estoy esperando ser libre y, por encima de todo, feliz. Y hasta que todo lo que aguardo no ocurra puedes darte con un canto en los dientes porque yo, por mi parte, seguiré disfrutando de esas pequeñas cosas que hacen que esta vida merezca la pena y tratando de quitarle hierro al asunto al resto. Puede que el mundo me diga lo que tengo que hacer pero, de momento, tengo la potestad de decidir si me apetece obedecer o si tengo ganas de invertir mi tiempo en otras cosas menos productivas pero que se acercan más a mis gustos.

         Tras aquella respuesta la joven trató de mirarlo a los ojos y de mesurar cuál sería su reacción. No obstante se topó con un montón de hojas secas que giraban y bailaban la misma melodía que la brisa que jugaba con los mechones de su pelo.





La vida de Deliah (I)




            Deliah apretó el acelerador de su nave, rezando para que Ellos no la alcanzaran. El indicador marcaba que le quedaba poco carburante; no aguantaría mucho más tiempo en su huida. Dentro de poco darían con ella y terminarían con la vida que albergaba en su pecho. Destruirían cualquier vestigio de una nueva y esperanzadora existencia que se iba a gestar para cambiar las cosas. Y el deterioro continuaría hasta que la poca tierra árida que existía desapareciera y fuera sustituida por placas de acero inoxidable y cobre. Dios mío; no, no deseaba aquello. Antes muerta que dejar que se salieran con la suya.

            Sin embargo, Ellos eran muy poderosos: tenían a todos los urbanitas comiendo de su metálica y cableada mano. Deliah no tenía demasiadas esperanzas: las pocas que le quedaban se iban esfumando junto a la escasez de combustible de su vehículo. ¿Qué podía hacer?, ¿qué le quedaba por intentar? Sus ojos se clavaron en el botón de eyección, que se encontraba al lado del volante. Si lo pulsara saldría volando arriba, muy arriba. Su cuerpo se deslizaría hacia donde estaban las nubes y sería capaz de alcanzarlas con las palmas de sus manos.

Dibujo realizado por Davido Ahufinger
         
            Podría tocarlas y sentir su incorpórea y hermosa estructura. Aquello sería tan hermoso... Y lo hizo; apretó el botón. Y salió despedida a la parte más alta del planeta. Y alcanzó sus anheladas nubes. Y, entonces, le dio la sensación de que le brindaban una calurosa bienvenida; que la querían mantener cerca de ellas y mostrarle, desde aquella altura, todo lo que se podía ver. 

            La mirada de Deliah se fijó en la cantidad de satélites de latón que orbitaban alrededor del planeta; en la cantidad de basura espacial que manchaba la hermosura de la atmósfera; en en lo feas que eran sus amigas las nubes con sus tonos rojizos y amarillentos. Y, tras aquello, imaginó cómo fueron las cosas antes; cómo sería la Tierra fértil, natural y sin adulterar. Se imaginó lo bello que sería el universo con menos basura espacial.

            Deliah sacó del compartimento de su pecho la vida que albergaba en él: era una diminuta semilla de cerezo. Aquel árbol, según vio en documentos antiguos, era mágico; tenía flores, ¡Flores!, de un rosa claro. Debía de conseguir plantarlo, darle vida. Convertirlo en el vestigio de una nueva era en la que los humanos no necesitaran chorradas tecnológicas tanto como ahora; en la que los humanos no llevaran trajes espaciales que los aislaran de sentir el viento impactando contra su cuerpo. 

            Tenía que vencerles; tenía que ganar a Ellos. Tenía que eliminar la frialdad tecnológica que había sumido los corazones de los urbanitas en un perpetuo sueño, en una perpetua pesadilla.





 
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