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Cápsula del tiempo de Jimena [3º ESO, A]


 
                Me han mandado para clase de filosofía escribir en una cápsula del tiempo. Bueno, si te soy sincera no tendría por qué escribir necesariamente una carta, pero en mi caso lo decidí así. Debíamos de dejar algo de nosotros en la maldita cápsula y yo, en cambio, decidí dejar una confesión. De hecho, si no hubiera llegado a tener una confesión para ti, pasaría del tema. Nunca fui una alumna aplicada en exceso, o cosa así. No me gustaban las clases, la gente y… Creo que sobre todo no me gusta la gente.

                Pero ahí lo tienes: hice un descubrimiento. Una cavilación. Qué bonita es la palabra cavilar, ¿cierto? Me siento súper inteligente cuando la uso; como si en lugar de ser una adolescente de instituto fuera una chica súper lista que hace cosas útiles para su planeta. Aunque este no es mi planeta y no le debo nada. Aquí tienes mi confesión: soy una alienígena. ¿De dónde vengo? Pues ni idea, porque absolutamente toda mi vida he estado en la Tierra.

                Sé que vengo de fuera porque soy una mujercilla verde, de tres ojos y en lugar de orejas tengo la gramola de un tocadiscos. ¿Los tocadiscos tienen gramola? Cómo si eso importara. Tampoco hay material biológico en los tocadiscos, así que no los podría tener de orejas. Los tocadiscos no son orgánicos, porque no están vivos. Cuando suena la música pienso en que, quizá, que sean orgánicos o no tampoco importa demasiado, porque parecen vivos. Como ya sabrás, tiene mucho más valor que algo que no tenga vida, la aparente. Nosotros la mayoría de veces estamos muertos por dentro y en cambio tenemos vida. Así que a fin de cuentas no nos diferenciamos tanto de las gramolas.

                Muchas veces me he imaginado de color verde, porque es un tono muy bonito. Con la piel de color verde o naranja. Y con tres ojos: dos ojos humanos y otro en la frente. Ya sé que no soy la más original del mundo, pero queda muy bien tener un ojo en la frente. Además, si no te gusta te puedes dejar flequillo para que no se vea. Soy una alienígena porque me imagino de esa forma en lugar de humana. Aunque ahora que lo pienso tal vez los alienígenas tengan aspecto de humano y fracase en mi plan de irme a vivir a otro planeta.

            Bueno, esta carta la escribo para que cuando la gente de mi planeta colonice la Tierra para exterminar a la raza humana, sepan que estuve aquí. He pensado en dejarles dibujos, también, porque tal vez no entiendan mi idioma. Pero luego caí en la cuenta de que debería de ir a comprar lápices de madera. Dibujar también se me da mal. A lo mejor ven mis representaciones horribles y se piensan que me estoy riendo de ellos. Compis alienígenas, si lográis descifrar el idioma humanoide español, no os quiero ofender. Os echo de menos, aunque nunca nos hayamos conocido y comprendo, de corazón, que los matéis a todos. ¿Quién en su sano juicio no querría eliminar a la humanidad?

                Sé que te has comunicado conmigo, compi alienígena. Voy a ponerte nombre, ¿de acuerdo? Para que esta carta se sienta menos fría. Te llamarás Charles, porque suena súper pijo y yo sé que tienes que tener dinero para poder mantener una nave espacial. Fue hace unas noches, Charles. Aquella madrugada estaba llorando mucho porque mi vida era una mierda. Mamá decía que eran cosas de la adolescencia, pero el asunto era (y sigue siendo) demasiado intenso para ser únicamente adolescencia. Aquella madrugada abrí mi tercer ojo, y vi de fuera cómo era la Tierra. Abrir el tercer ojo en realidad era una tarea complicada: el mundo entero se confabula para que no ocurra y, cuando tomas conciencia de tu alrededor, solo te la niegan.

             Tengo diecisiete años, Charles, y a lo largo de todo lo que llevo viva, me he sentido triste. He llegado a pensar que yo era la que estaba poseída por una gramola y la gramola la que estaba viva de verdad. Porque joder, Charles, aquella madrugada estuve llorando mucho. Pensar que tu vida no tiene sentido, duele cantidad. No. Creo que me he expresado mal: aquella madrugada lloraba porque sentía que mi vida no tenía el sentido que quería darle. Mi vida no estaba vacía; era yo, que no podía hacer lo que me gustaría de ella. Por eso me sentía como un amasijo sin forma. Absolutamente siempre he tenido que hacer lo que esperaban de mí y la recompensa que he recibido ha sido insatisfactoria.

                Estudio y suspendo porque las clases no me llenan y la gente, en general, tampoco lo hace. No paro de preguntarme por qué tengo que estar horas y horas en un lugar en el que no me siento cómoda y donde no incentivan de verdad mis intereses. Quiero que me enseñen a ser libre y a pensar por mí misma; no quiero que me escupan conocimientos a la cara para que con ellos sea un miembro productivo de esta sociedad. No quiero ser un miembro productivo de esta sociedad, Charles, solo quiero ser yo. Hola, mi nombre es Jimena y quiero ser yo misma. Me gustaría sentir que la vida que vivo es mía. Los humanos, qué son tan crueles, se encadenan a sí mismos los unos a los otros. ¿Y eso a quién beneficia? A humanos con traje de chaqueta. Humanos de hidroeléctricas, del IBEX 35 y a los propietarios de Bankia. Son unos terrícolas odiosos, porque se dedican a juzgarlo todo desde su posición privilegiada, Charles. Espero que sean los primeros a los que fulmines con tu rayo láser.

                Aquella misma madrugada, llovía. Fue todo muy dramático, porque mis lágrimas iban con el agua. Mis gritos, con los truenos. Toda yo fui lluvia, y me sentí completa. Aquella madrugada fue la que más me sentí yo misma porque me pude redescubrir como dueña de mis lágrimas. Era la auténtica dueña de mi tristeza y esa tristeza era legítima. Cuando me sentía desesperada porque todo lo que había vivido carecía de lógica, solo me lanzaban el discurso de que exageraba. «Las cosas son así, Jimena. La vida siempre ha sido así». A hacer eso, controlaban mi realidad: su negativa eclipsaba mi perspectiva hasta terminar distorsionándola. Entonces me convencían de que mi única finalidad era convertirme en una adulta para llegar a fin de mes.

                Cuando estaba ida por el llanto, rompí la ventana de mi habitación. Entró la lluvia que empapó mi pijama. El agua estropeó los trabajos de clase del escritorio y el viento me provocó una buena pulmonía, pero mereció la pena. Vaya si mereció la pena. Aquella tristeza que materializaba el agua, aquel frío que me calaba los huesos eran las únicas cosas reales que experimentaba en años. Luego llegó la luz. Una luz blanca me dejó ciega, y los vi. Me estabais tratando de abducir para sacarme del infierno que era este maldito planeta. Me dio pena por mamá, porque la quiero mucho. Si me lleváis lejos me gustaría que ella se fuera conmigo aunque no sea autóctona de nuestro planeta. Mamá no se merece vivir encerrada en los grilletes del planeta Tierra.

                Luego me desperté con el desazón de que no me hubierais llevado con vosotros. No sé qué pasó, pero mamá me dijo que tal vez actué como sonámbula. Pero yo lo sentí tan real que… Mamá me dijo que no, que la luz quizá fue la farola del parque, que brillaba mucho. Pero no. Pero sí. También pensaba en que quizá estaba ya en mi planeta y todo lo vivido en la Tierra había sido un sueño muy largo. Una existencia así, no podía ser real. Un mundo como en el que estaba, tenía que ser una farsa.

                Charles, espero que mis palabras puedan servir de algo. Venid pronto a por los alienígenas que aún descansamos en la Tierra. Sacadnos de aquí, te lo imploro. No sobreviviremos mucho más en un mundo repleto de rutina y obligaciones inocuas. Sálvanos, Charles. Queremos regresar a nuestro planeta. Queremos volver a ser dueños de nuestra vida.

 

Ni lo intentes



             Yo no nací para cumplir tus expectativas. No nací para ser hermosa o seguir un sendero en concreto de la vida. Pero el mero hecho de oponerme, me orpime. Porque si no vivo dentro del sistema, molesto. Soy un estorbo las veinticuatro horas del día. Soy un maldito estorbo ahora mismo. Pero me da igual. No, no me da igual. Dentro de mi cabeza hay una voz que grita muy alto que haga algo útil con mi vida. Entonces me pregunto dos cosas «¿Qué es algo?», «¿Qué es útil?». Sustantivo y demostrativo, respectivamente. Fonemas, sílabas, de una palabra. «Palabra», qué es también un sustantivo. Las letras se sienten bonitas, cuando adornan una pantalla en blanco o un folio vacío. Pero también demandan cosas y hacen daño.

             Son las palabras las que más daño hacen, porque dan vida a las cosas. Las palabras me hablan de expectativas y de belleza. Hablan de trabajo, obligaciones y ocio. El sistema las toma de su mano y por eso alguna que otra vez me he propuesto dejarlas de usar. Pero me encantan. Son como una melodía, que fluye con las pulsaciones de mi teclado. Me siento libre en el ordenador porque pospongo las cosas. Pero posponer las cosas no es bueno, porque luego todo revienta y revientas tú.

             Yo nací para ser libre. Quiero ser libre pero, a medida que pasa el tiempo, me siento más maniatada. Me han dejado inválida. Y yo solo quiero quedarme sin voz y sin palabras, porque siento que son las principales responsables de mi condena. Sin embargo sigo escribiendo, pensando. Reclamando una libertad inalcanzable porque el mundo no ha sido creado para concebir mis peticiones. Entonces pienso que quizá soy yo, que actúo de manera egoísta e insolente al pedirle peras al olmo. Pero estoy muy triste, ¿sabéis? Estoy triste y estoica. Porque me pesan los grilletes de mi jaula. 

             A medida que desafío, me llega el odio. La incomprensión y la impotencia me tienden sus brazos, y los tomo. Porque aunque no quiera lucharé por ser hermosa para tus ojos. Lucharé para tener una vida competente dentro de los estándares que me impusiste. Y me quejaré; me quejaré mucho de cosas que nunca tuvieron remedio alguno.




Pupitre




     

      Había una vez una princesa sentada en un pupitre. Sus ojos de monarca debían de mantenerse centrados en las lecciones impresas de su cuaderno y sus ideas, en lugar de vagar libres entre los recovecos de sus neuronas, debían de someterse al peso de un temario espeso y pesado como el acero.

      A medida que fueron pasando las horas la joven princesa fue sintiendo la crueldad de la norma sobre sí misma; las obligaciones inundaron su pecho, llenándolo de arena y sal. En aquellos instantes podía apreciar con todo lujo de detalles cómo aquel veneno disfrazado de buenas intenciones se deslizaba hacia el lugar más importante de su cuerpo: su cabeza.

      Tenía miedo: miedo de que su imaginación desapareciera; miedo de que su libertad terminara servida sobre un gran comedor presidido por el "Qué dirán" y las preocupaciones por su futuro; miedo de convertirse en un autómata aliado de aquellos que roban el pan y las ganas de gritar que es necesario tener comida.




¿Eres feliz?




          La joven ejecutiva miró nuevamente el correo de su portátil; tenía millares de mensajes sin leer y montones de documentos por revisar. Sacudió aborrecida su cabeza y tomó un sorbo de su café favorito, cargado de azúcar para contrarrestar su amargo sabor. Aquella noche, cuando llegara a casa, se tendría que acostar muy tarde para ponerse al día; no podría leer aquel libro que había dejado pendiente o, simplemente, perder el tiempo en el sofá. 

          Conforme pasaba el tiempo se iba sintiendo más cansada y con menos ganas de tiar para adelante con aquella carga: había estudiado una prestigiosa carrera en una prestigiosa universidad, había sido la mejor alumna de aquella generación, había... Lo había hecho todo. Alcanzó la cumbre, el éxito, la fama, y aquello..., y aquello la hacía sentir vacía. ¿De qué le servían tantas cosas, tantos títulos, si no era feliz?, ¿de qué le servía tanto estudio, tanto trabajo, si conforme iban pasando los días se volvía más esclava de lo que tenía que hacer? Le prometieron una libertad falsa; le dijeron que estaría contenta el día de mañana. Y aquello... Y aquello era mentira.

          Con una determinación que se le hizo un tanto extraña y ajena tomó su chaqueta y salió de la oficina. Se deslizó por la acera con la cabeza gacha, balanceando su caro maletín de cuero y resguardada con su gabardina de El corte inglés. Todos los bienes que poseía solo la hacían sentir más vacía incluso; no anhelaba tener dinero, no anhelaba poder consentirse caprichos. En el pasado pensó que no habría nada mejor que no pasar necesidad, que tener un buen sueldo. Y ahora se sentía horrible. ¿De qué le servía todo aquello si ni siquiera lo estaba disfrutando? Su libertad, ella aclamaba solo eso. 

          Repentinamente, algo llamó su atención. Era un tipo vestido con ropa gastada y modesta que estaba arrodillado en el suelo, pintando en el asfalto con tizas un hermoso paisaje con un río inmenso, con árboles de hojas en tonos rojizos y amarillentos que decoraban tanto el suelo como sus propias ramas. Aquella tierna imagen otoñal la hizo imaginarse a sí misma ahí dentro, sin ataduras, libre, inhalando profundamente el aire puro y sin viciar. 

          El tipo parecía concentrado en el dibujo. Su mirada estaba ida, como visualizando dentro de su cabeza aquello que iba a plasmar. La ejecutiva le dedicó una sonrisa rota y se agachó para dejarle un billete de cien euros sobre la lata que había dispuesto en el suelo pidiendo limosna. Aquel hombre se giró hacia ella y le dedicó la sonrisa más sincera que aquella mujer había visto en lo que llevaba de vida.

          —¿Eres feliz? —se atrevió a preguntarle, estupefacta.

          —Todos los días. No hay ni uno en el que no dé las gracias por todo lo que tengo. —El tipo sacudió sus manos, repletas de restos de tiza, sobre su camiseta raída de forma modesta. La ejecutiva se despidió de él titubeante, antes de deslizarse calle abajo y cuestionarse si quizá había llegado el momento de cambiar de vida.












          Aprovecho para pedir disculpas por mi inactividad, creo que ahora mismo estoy demasiado estresada con la vida en general. Las cosas a veces no son como pensamos y, bueno, caemos en crisis existenciales. Solo vengo a comentaros que este blog para mí es muy importante; es el reflejo de mí misma, mi evolución como persona, y me ha acompañado en las cosas buenas y malas. Así que por favor no penséis que voy a dejar de actualizar porque no es así. Muchas gracias a los poquitos que me leéis; sois un cielo. Os quiero.



La vida de Deliah (I)




            Deliah apretó el acelerador de su nave, rezando para que Ellos no la alcanzaran. El indicador marcaba que le quedaba poco carburante; no aguantaría mucho más tiempo en su huida. Dentro de poco darían con ella y terminarían con la vida que albergaba en su pecho. Destruirían cualquier vestigio de una nueva y esperanzadora existencia que se iba a gestar para cambiar las cosas. Y el deterioro continuaría hasta que la poca tierra árida que existía desapareciera y fuera sustituida por placas de acero inoxidable y cobre. Dios mío; no, no deseaba aquello. Antes muerta que dejar que se salieran con la suya.

            Sin embargo, Ellos eran muy poderosos: tenían a todos los urbanitas comiendo de su metálica y cableada mano. Deliah no tenía demasiadas esperanzas: las pocas que le quedaban se iban esfumando junto a la escasez de combustible de su vehículo. ¿Qué podía hacer?, ¿qué le quedaba por intentar? Sus ojos se clavaron en el botón de eyección, que se encontraba al lado del volante. Si lo pulsara saldría volando arriba, muy arriba. Su cuerpo se deslizaría hacia donde estaban las nubes y sería capaz de alcanzarlas con las palmas de sus manos.

Dibujo realizado por Davido Ahufinger ♥
         
            Podría tocarlas y sentir su incorpórea y hermosa estructura. Aquello sería tan hermoso... Y lo hizo; apretó el botón. Y salió despedida a la parte más alta del planeta. Y alcanzó sus anheladas nubes. Y, entonces, le dio la sensación de que le brindaban una calurosa bienvenida; que la querían mantener cerca de ellas y mostrarle, desde aquella altura, todo lo que se podía ver. 

            La mirada de Deliah se fijó en la cantidad de satélites de latón que orbitaban alrededor del planeta; en la cantidad de basura espacial que manchaba la hermosura de la atmósfera; en en lo feas que eran sus amigas las nubes con sus tonos rojizos y amarillentos. Y, tras aquello, imaginó cómo fueron las cosas antes; cómo sería la Tierra fértil, natural y sin adulterar. Se imaginó lo bello que sería el universo con menos basura espacial.

            Deliah sacó del compartimento de su pecho la vida que albergaba en él: era una diminuta semilla de cerezo. Aquel árbol, según vio en documentos antiguos, era mágico; tenía flores, ¡Flores!, de un rosa claro. Debía de conseguir plantarlo, darle vida. Convertirlo en el vestigio de una nueva era en la que los humanos no necesitaran chorradas tecnológicas tanto como ahora; en la que los humanos no llevaran trajes espaciales que los aislaran de sentir el viento impactando contra su cuerpo. 

            Tenía que vencerles; tenía que ganar a Ellos. Tenía que eliminar la frialdad tecnológica que había sumido los corazones de los urbanitas en un perpetuo sueño, en una perpetua pesadilla.





Elfos




              Vivo en un mundo en el que las princesas son todas rubias; con el cabello oxigenado, pajizo, y el cuerpo repleto de silicona. Llevan vestidos feos e insinuantes con los que presumen de estar muy guapas, y en sus ojos reluce un resplandor hermoso los días en los que están de rebajas. Vivo en un mundo en el que los príncipes presumen de ser muy hombres, y consumen drogas. Se pasan horas y horas en busca de conseguir lucir músculos, con su camiseta de tirantes, en el gimnasio.

              Vivo en un mundo en el que te dicen que no eres nadie si no te vuelves princesa o príncipe. Pero a mí no me gustan ellos; no tienen nada que les haga especiales. No obstante, allá donde voy me encuentro con gente que aspira a convertirse en eso, y me duele. No paran de insistir en que mi obligación es ser una princesa con escasos estudios, y con un príncipe al que le guste la cerveza y los partidos de fútbol. Pero yo siempre les respondo que quiero seguir en la universidad para convertirme en escritora y que ese deporte no me gusta; en vez de invertir tiempo en él, preferiría pasar la tarde comiendo tortitas y hablando de cosas banales.

            Vivo en un mundo en el que las personas no paran de repetir que tengo pájaros en la cabeza; que todas mis ilusiones son imposibles y que haga lo que haga terminaré convirtiéndome en ellos, o sea, poniendo los pies en la tierra. Y yo siempre les replico, aun a sabiendas de que no me harán caso, que están equivocados y no hacen más que mancillar a los príncipes y las princesas. Porque, como bien sé, las princesas son mujeres hermosas y luchadoras que no tienen miedo de ser ellas mismas, y los príncipes son hombres tenaces y justos; tolerantes y encantadores. Ellos en realidad son elfos; orgullosos y vanidosos, mentirosos y astutos. A mí no me engañan. 

             Así pues, tendré que sacar mi espada de guerrera y luchar contra ellos. Pero claro, ando a la espera de más gente que, como yo, los haya desenmascarado. Así que ya sabes... Sí, tú: ¿eres lo suficientemente valeroso para acompañarme? Yo, por mi parte, te dejo la puerta abierta.






Carta


Querido Christian:

Hace mucho tiempo que no sé de ti, y la verdad, me costó bastante averiguar dónde resides actualmente. ¿Cuánto hace que no nos vemos? ¿Cien años?, ¿o tal vez doscientos? Ah, la eternidad es larga y para una persona tan caduca como a mí resulta imposible llevar la cuenta de los segundos, de los minutos, de las horas. Cuando alguien es mortal vive al límite; cada segundo en su existencia cuenta. En cambio nosotros, eternos caminantes, estamos condenados a formar parte del mundo hasta la destrucción de éste. Y éso, es mucho tiempo. 

No me niegues, Christian, que nuestra existencia, de igual forma que la humana, termina desvaneciéndose como lo hacen los colores de un lienzo malogrado por el aguarás. Puede que nuestra consciencia continúe fresca, pero aunque sea redundante no somos conscientes, pasados los siglos, de su presencia. Y por ello es que transcurren los años y nos parecen horas. A veces me paro a pensar: ¿Ya estamos en el siglo de la electrónica?; ¿de los móviles, ordenadores, Ipods, tabletas y consolas? Christian, dime: ¿acaso estoy soñando? Todo aquello que antaño concebíamos como imposible resulta no serlo. Aunque bueno, con el paso del tiempo uno aprende a aceptar cualquier hecho como plausible.

Christian, por los dioses, se me va la cabeza. El objetivo de mi carta era alabarte por la sabiduría que me transmitiste tras mi conversión, no cavilar sobre minucias que posiblemente para ti carezcan de importancia. Bueno, mejor voy al grano que los años me han vuelto más charlatán y cabezota de lo que posiblemente recuerdes de mí.

¿Te acuerdas de mi afán por la filantropía?; ¿del amor incondicional que tuve a los humanos? Ha muerto, y junto a él mi amor hacia el té. La última pelea que tuve contigo, que fue también la que bifurcó nuestros destinos, ocurrió en Roma y era justamente sobre la absurda manera con la que justificaba todos los errores de la humanidad. Debo admitir que siempre he sido una persona terca, y que ello no ha sido favorecedor en cuanto al descubrimiento de mi error. Tenías razón, Christian: el ser humano es la especie más cruel, egoísta, primitiva y denigrante que conozco. Es una raza egocéntrica que únicamente se preocupa por su propio beneficio; que no tiene principios a la hora de dañar, incluso, a sus semejantes. Y, posiblemente, lo que tal vez más me irrite de ellos es que nos cataloguen como monstruos.

Quisiera pedirte perdón. Implorarte, de rodillas si me lo exiges, volver a tener una relación como la de antaño; quiero que seas mi maestro. Me gustaría poder aprender de ti todo lo que estos siglos de ignorancia rechacé. Así pues, esperaré pacientemente tu respuesta. Mándamela al bar «Lamia», de Londres; recuerdas cuál es, ¿verdad?

Y ya, sin más, me despido, con un abrazo si es de tu agrado.

Atentamente:
    Antonio



This is the new SHIT


Selene miró a sus padres, a la gente de su pueblo, de su ciudad, de su planeta... Todos eran iguales; hombres grises sin moral propia, que se regían por un criterio común establecido por las modas y el capitalismo. Selene los detestaba. Se sentía prisionera en una cárcel sin barrotes; en una jaula de corrupción, monotonía y egoísmo. Un horrible lugar regido por el dinero y las ansias de ser aceptado; de que los demás te dieran el aprobado.

Selene tenía muchas ganas de gritar; de exteriorizar fuertemente su ira hacia cómo eran las cosas, y su frustración por no poder hacer nada para cambiarlas. A medida que pasaba el tiempo, el odio de Selene hacia el interés desproporcionado por las modas, el dinero y el «Qué dirán» aumentaba. Estaba cansada de vivir en un universo atestado de semejantes peleles con semejantes aspiraciones. 

Selene tenía muchas ganas de llorar, pero aquéllo sería en vano; ¿qué hacer cuando nadie comparte tu manera de ver las cosas?, ¿cuando te hallas cautiva en un mar repleto de circunstancias adversas? Luchar; obviamente Selene debía luchar. Para alcanzar a un ideal correcto debemos, incluso, sudar sangre.

Y sobre todo, pensar que aunque parezca imposible, habrán personas que 
estén en la misma situación.






 

La receta de la Sociedad



Para en la sociedad encajar,
a mis ideales tengo que renunciar;
rechazando mi libre pensar
y aboliendo mis creencias.

Vislumbraré diariamente
la caja tonta con adoración
ignorando con vehemencia
mi año de abstención a ella.

Adoraré a Belén Esteban,
toda su vida memorizaré,
pues según la gente de barrio
a esa verdulera debo conocer.

El fútbol será mi mayor hobbie,
fanática de esos deportistas seré,
valorándoles de manera enfermiza
por una pelota saber chutar.

Poco me importará que no se merezcan su sueldo.
Lo único relevante para mí será
si España nuevamente
gana el mundial.

Dudo que en esta nueva vida
en la que me rijo por la sociedad
haya espacio para la lectura
de libros con valor cultural.

Mi Dios será "Crepúsculo"
y mi arcángel un libro de Laidy Di.
Mi Biblia serán los Best-Sellers baratos,
y las revistas de frivolización.

El machismo no pasará a segundo plano
pues me buscaré a un chico popular,
fan de los toros y otros deportes absurdos,
y que la tapa del váter sea incapaz de bajar.

Y con él yo seré una chica feliz,
de su amor no podré dudar
aunque salga todas las noches con sus "amigas"
y regrese con los ojos chapados por la María.

Estudios tendré muy pocos,
mi obligación es secundar el fracaso escolar.
Como mucho me sacaré un módulo
de peluquería o algo similar.

Y en el tema del sexo lo tengo muy claro,
yo una sumisa mujer seré.
Me deslomaré para satisfacer a mi hombre
mientras él únicamente piensa en su placer.

Si le apetece no usar preservativo,
yo tendré que ceder
aún a riesgo de que la marcha atrás no funcione
y termine con un bebé.

Si me quedo embarazada no aborto,
al pobre chiquillo tendré,
renunciando a la libertad de mi juventud
y a mi futuro también.

Siempre que pueda saldré por las noches,
alcohol y porros consumiré,
mientras adoro a la música llamada "Chunda Chunda"
sin que mis oídos añoren a mi tan apreciado Hard Rock.

Finalmente me quedan las modas por tratar,
y con ellas firmemente afirmar
que lo que la gente lleve
yo lo tendré que portar.

Poco me importará el tipo de prenda,
que no sea de mi gusto o me quede mal.
Lo que diga la multitud va a misa
y yo como creyente tendré que comulgar.





 
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